Puede parecer extraño que la Liturgia dedique un domingo a la celebración de la Trinidad, si tenemos en cuenta que cada celebración auténtica de la Iglesia va dirigida siempre a la Trinidad. Pero con esta fiesta, tal vez, la Liturgia nos quiere recordar quién es el Dios al que nos dirigimos en cada oración nuestra; y nos pone en guardia, a la vez, contra el riesgo de traicionar o deformar su identidad.
1. Ante todo estamos llamados a reconocer que Jesús ha venido a decirnos (con palabras, pero, sobre todo, con su vida entregada totalmente a nosotros) quién es Dios. Él nos ha anunciado a un Dios que es Padre (y nos ha enseñado a llamarlo Padre), y que él es el Hijo eterno y único, a quien el Padre ha entregado todo; y nos ha revelado la presencia del Espíritu, y nos ha enviado el Espíritu, haciéndonos comprender que el Espíritu es distinto, pero no es otro fuera del Padre y del Hijo. Y entonces la reflexión y la fe de la Iglesia llega a hablar del Dios cristiano como un Dios que es Uno (el cristianismo es una religión absolutamente monoteísta), pero de una Unidad especial: una unidad que podríamos llamar plural, estructurada en su interior, podríamos decir. Por eso no logramos encontrar una expresión mejor que la ya conocemos: un único Dios en tres Personas. ¿Por qué Dios en tres Personas? La respuesta nos parece encontrarla en el hecho de que Dios -como nos ha contado Jesús y como atestiguan muchos pasajes de la Biblia- es Amor. Y el amor es, por naturaleza propia, comunicación, comunión, reciprocidad, entrega de sí mismo, salir de sí mismo para ir al otro. Por eso creemos poder decir que Dios, en su interior, en su intimidad, es entrega de sí absoluta, eterna infinita, total, continua, y perenne e ilimitado movimiento de amor, abrazo apasionado. Este abrazo nos alcanza también a nosotros en Cristo, y es la gran promesa de Dios para cada uno de nosotros, para siempre.
2. Pero a mí me parece que este ponernos delante del Dios uno y trino, no del todo comprensible para nuestra mente, nos pone en guardia contra un peligro: el peligro de pensar que Dios puede ser comprendido completamente, que lo podemos contener, poseer en nuestra mente. Hay una dimensión de la fe hecha también de silencio ante el misterio de Dios (el silencio de quien no comprende); y la fe es tal -es decir, confianza, abandono- precisamente no somos capaces ni de entender todo ni de constatarlo o comprenderlo todo. Nosotros -nos ha dicho Pablo- gracias a la fe, a esta confianza, esperamos y creemos incluso en las tribulaciones, en los sufrimientos; es decir, incluso cuando brota de nosotros la pregunta: ¿Pero, dónde está Dios? ¿Por qué Dios no interviene?
La fe verdadera es aceptar que la sabiduría de Dios, su proyecto de amor, que a menudo se escapa de nuestra comprensión, es más grande que nuestra pequeña mente, y supera nuestra pequeña experiencia. Quien pierde este sentido del misterio de Dios corre el peligro de empequeñecer a Dios. Francisco escribe en la Regla de 1221: “Creamos de verdad y humildemente..., demos gracias al altísimo y sumo Dios, Trino y Uno, Padre, Hijo y Espíritu Santo”. Este “creer humildemente” ¿no es acaso la confianza en Dios, el abandonarse a él, con la seguridad de estar ante un misterio que nos supera?
3. Por último, la invitación a poner los ojos en Dios Trinidad este domingo, al final de un itinerario litúrgico completo de Adviento a Pentecostés, en el que hemos celebrados los misterios de la vida de Jesús, nos recuerda que Dios es nuestro origen y nuestra meta, el principio y el fin, el seno de todo, el todo, el bien total, el abrazo de amor que llena a toda criatura humana, a todo el universo. Me permito recordarlo a los hermanos reunidos en Capítulo general, porque toda forma de vida religiosa, y sin duda también la franciscana, es confesión convencida del primado de Dios. A este primado todo le está subordinado y todo se dirige a él.
El Padre san Francisco nos ayude a conocer, descubrir, hacer presente en nuestra vida al Dios verdadero: Padre amoroso, Hijo entregado a nosotros, Espíritu dador de vida.